Los últimos datos reportan la muerte de 617 personas, la desaparición de 313 y de nueve mil 110 heridos (970 graves) en el peor sismo de los últimos dos años, según el balance de las autoridades.
El primer ministro chino, Wen Jiabao, viajará este jueves a la zona del sísmo para organizar las tareas de rescate y mostrar el apoyo del gobierno a los ciudadanos, como suele hacer cuando ocurren catástrofes naturales en el gigante asiático.
Miles de personas pasaron la noche a la intemperie, pese a las bajas temperaturas (bajo cero, en muchas zonas), ya que en algunas localidades, como en Jiegu, el 85 por ciento de las viviendas quedaron destruidas por el terremoto de 7.1 grados en la escala de Richter que sacudió la víspera la provincia de Qinghai, junto al Tíbet.
Unas 100 mil personas se habrían quedado sin hogar, según la agencia de noticias Xinhua, que indicó que se produjeron unas 750 réplicas tras el sismo.
Decenas de médicos, bomberos y rescatistas han sido desplazados a la zona del temblor y luchan contra el frío, el tiempo y la altitud para tratar de salvar vidas.
“El frío, la altitud y la escasez de oxígeno están dificultando las tareas de rescate”, dijo Hou Shike, subdirector del Equipo Internacional de Rescate y Búsqueda de China.
Señaló que algunos rescatistas están sufriendo mareos a causa de la escasez de oxígeno debido a la altitud, que se sitúa cuatro mil metros por encima del nivel del mar en el epicentro.
Como ya sucediera en el terremoto de mayo de 2008 en Sichuán, cuando 90 mil personas murieron, decenas de escuelas se han derrumbado por el temblor, lo que provocó la muerte de al menos 100 jóvenes, según datos oficiales.
Unas mil personas han sido rescatadas con vida de entre los escombros, mientras se espera que en las próximas horas lleguen miles de militares para contribuir en las tareas de rescate y mantenimiento del orden.
El portavoz del gobierno local de Yushu, el condado donde fue registrado el terremoto, indicó que se necesitan con urgencia tiendas de campaña, equipos médicos y medicinas.
Los enfermos más graves debían ser trasladados a las ciudades de Chengdú y Xining, a cientos de kilómetros del epicentro, para ser tratados en hospitales con mayor capacidad y medios.