150 años de Edvard Munch, el pintor de las emociones

Cuando en 1983 el noruego Edvard Munch pintó su famoso Grito, plasmaba sobre el lienzo la emoción que vivió al contemplar con unos amigos cómo el sol teñía de rojo el horizonte sobre el fiordo. "Sentí un grito enorme e interminable que recorría la naturaleza", escribió en su diario.

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Edvard Munch.

Aquella escena lo impresionó tanto que se convirtió en cuatro versiones y una litografía de la que él mismo produjo varias copias. Esa figura andrógina que se lleva las manos a la cabeza y abre ojos y boca en un grito de desesperación ilustra desde entonces tazas de café, ropa o cubiertas de libros. Un cuadro que, 150 años después del nacimiento del pintor, sigue haciéndolo inmortal.

En realidad, eso era lo que Munch tenía previsto desde el principio. "Estaba cada vez más convencido de que era un gran artista", dijo Nils Ohlsen, director de la Galería Nacional de Oslo y uno de los comisarios de la gran exposición "150 años de Edvard Munch" con motivo del redondo aniversario. "Escribió 18,000 páginas, muchas de ellas sobre sí mismo. Pero no debemos creer todo, hay mucho autobombo."

Munch supo desde muy pronto que quería ser pintor, aunque su padre lo instó primero a estudiar ingeniería. Un año después de comenzar, el joven Munch pudo matricularse en una escuela de arte como alumno de Christian Grogh y experimentó con distintas técnicas. Pero Cristianía, como se llamaba Oslo por aquel entonces, no parecía ser una fuente de inspiración para él.

Una beca en Francia le permitió estudiar a los clásicos y quedó fascinado por los impresionistas. "Absorbía todo como una esponja", afirma Ohlsen. A partir de 1980 encontró su propio estilo, con cuadros "que primero se calificaron de simbolistas y luego de extremistas". No obstante, resulta difícil etiquetar a Munch. "Desarrolló un lenguaje propio que podría calificarse de 'munchismo'", señala el experto.

Gran parte de su obra está marcada por la presencia de enfermedad y muerte. El pintor perdió a su madre cuando tenía cinco años, su hermana enfermó de tuberculosis con tan sólo 15 y en 1889 perdió también a su padre. "Aún hoy Munch hace llorar a la gente porque trasladó sus experiencias con el miedo, la enfermedad, la soledad, el aislamiento y la muerte a un nivel colectivo", explica Ohlsen.

Por eso, no sorprende que lienzos como su Madonna, El Grito o Pubertad figuren entre sus más famosos. El propio Munch también veía los golpes del destino como estímulo para su trabajo. "Sin miedo ni enfermedad, mi vida habría sido como un bote sin remos", dijo una vez.

Durante los últimos años del siglo XIX sus obras despertaban cada vez más interés, aunque también escándalo, hasta que en 1912 llegó su consagración internacional. Viajó de Oslo a Berlín, París o Niza, viviendo en hoteles o en las casas de sus mecenas. Pero después volvió a retirarse en soledad, en su casa amarilla de Asgardstrand, una pequeña localidad en el fiordo de Oslo.

El matrimonio y la familia fueron para él una especie de fantasma. Su trágica relación sentimental con Tulla Larsen terminó con escena de revolver -una violenta disputa con otro artista-, que lo dejó herido en una mano. Nunca vivió en equilibrio, sufría trastorno bipolar y neuralgias, era maniacodepresivo y buscaba ahogar sus penas en el alcohol.

El motor de su vida fue el arte. Al final de sus días, Munch dejó unos 2,000 lienzos y miles de dibujos. Cuando murió pacíficamente a los 81 años en su casa de Ekely, donó todas sus obras a la ciudad de Oslo. Sólo en el Museo de Munch hay 1,100 cuadros, 7,500 dibujos y acuarelas y 250 bocetos, además de blocs de notas. Y está prevista la construcción de un nuevo museo a orillas del fiordo.